|
Lo que sucede al final
de la vida es para todos
los seres humanos un
misterio. Nadie ha
vuelto a contarnos lo
que pasa después.
La
muerte es algo que para
descubrir tenemos que
vivir en primera persona
porque nadie lo puede
vivir por nosotros. Pero
el sólo plantear esto
puede asustar o
incomodar a muchos,
posiblemente por lo que
dice Ariès (2000) acerca
de que vivimos en un
período de negación de
la muerte en los países
desarrollados.
Ariès (1999, 2000)
plantea que en el curso
de este siglo “la muerte
se ha vuelto salvaje”;
progresivamente ha
perdido la contención de
los muros de la
religión, de la
comunidad y de la
familia. A partir de
aquí la razón y la
ciencia han luchado por
domesticarla, siendo
utilizada por ambas para
pensar en otro tipo de
fenómenos. Por ejemplo
para intentar conocer en
las sociedades más
tradicionales qué
creencias y pensamientos
se elaboran en torno a
la muerte o bien
planteándola como una
problemática
intercultural vinculada
a los conceptos de salud
y enfermedad. Pero es
más raro que se estudie
como fenómeno en sí
mismo dentro de nuestra
sociedad.
En la sociedad actual
se vive de espaldas a la
muerte e impera una “ley
del silencio”, que
dificulta la expresión
de lo que la muerte
supone para quien va a
morir y para las
personas cercanas a
ella. El silencio
dificulta la expresión
del conflicto y como
consecuencia su
resolución. Esto lo
único que hace es
aplazar el pensar en la
situación de morir hasta
que sucede
irremediablemente y uno
se ve inmerso en ella
sin haberse preparado
antes. (Hennezel &
Leloup, 1998).
Las actitudes ante la
muerte en la sociedad
actual configuran el
modo de enfrentarnos a
ella desde nosotros
mismos y el modo en el
que acompañamos a otros
al final de sus vidas.
Dichas actitudes ante la
muerte se van generando
a través de la
educación, que cambia en
función del contexto
cultural. Están muy
relacionadas con la
visión que uno tiene del
mundo y con la posición
que cree ocupar en el
mismo. También tienen
que ver con las
experiencias que hemos
podido tener en relación
con la muerte, con la
esperanza de vida y con
las creencias sobre lo
que es un ser humano (Ariès,
1999, 2000).
Las principales
actitudes descritas ante
la muerte son: ansiedad,
temor, preocupación y
aceptación (Neimeyer,
1997).
En nuestra sociedad
actual hay muchas
actitudes inmaduras como
consecuencia de una
educación insuficiente o
inexistente al respecto.
Dichas actitudes inciden
directamente en cómo nos
planteamos el
acompañamiento de otros
que mueren y esto tiene
que ver con cómo
experimentamos la
situación de la muerte
ajena. Para todo ser
humano es importante
prepararse para la
situación de la muerte
de otros. Pero para ello
es necesaria una
preparación previa para
la propia muerte,
mediante una toma de
conciencia de la misma y
una aceptación de esta
posibilidad. Si nos
dedicamos a ser
profesionales de la
ayuda tenemos que vernos
con mayor probabilidad
en situaciones en las
que otros se enfrentan a
la muerte y acompañarles
ante su dificultad de la
manera más adecuada
posible. Un requisito
indispensable, como ya
se ha dicho, es asumir
la posibilidad de
nuestra propia finitud
de una manera
consciente.
En este trabajo se
plantean una serie de
cuestiones que se
suponen importantes de
cara al acompañamiento
al final de la vida:
-
El sentido de la vida
ante la muerte y el
sentido de la muerte
ante la vida.
-
Elaboración de la propia
muerte.
-
Cambio de valores ante
la vivencia del límite
de la existencia.
-
Sistemas de creencias y
expectativas sobre la
muerte.
-
Acciones fundamentales
en el acompañamiento
ante la muerte de otro.
-
Dificultades en el
acompañamiento.
El sentido de la vida
ante la muerte y el
sentido de la muerte
ante la vida
La pregunta de la que
partimos es de si se
puede encontrar un
sentido a la vida cuando
uno es consciente de que
se ha de encontrar con
la muerte. Si pensamos
que la vida tiene
sentido a pesar de que
puede llegar a su fin,
es posible que nos sea
más fácil el
enfrentamiento con la
propia muerte y la
ajena.
Para
conseguir enfrentarnos a
la idea de la muerte en
nuestra propia vida hay
que tratar de
respondernos, en primer
lugar, a la pregunta de
qué es el sentido de la
vida. Para Frankl
(1988), el sentido de la
vida es algo a lo que
cada ser humano sólo
puede responder con su
propia vida en su
situación concreta; la
forma de encontrarlo
sería a través de la
realización de valores
(creativos,
experienciales y de
actitud). Dichos valores
pueden orientarse hacia
más allá de uno mismo
mediante la capacidad
del hombre de
autotrascendencia. En la
búsqueda de un sentido,
el ser humano, con
capacidad de
autotrascenderse, se
acaba preguntando por
las causas últimas de la
existencia que abarcan
factores religiosos o
espirituales y que
ayudan a configurar un
sistema de significado.
Este remitirse a las
causas últimas puede
ayudarnos a dar un mayor
sentido al dolor y a la
muerte (Frankl, 1999).
Para algunos, el
remitirse a estas causas
últimas tiene que ver
con Dios, como es el
caso de Wittgenstein que
afirmó que creer en Dios
es comprobar que la vida
tiene un sentido. Pero
en el mundo moderno se
han perdido con
frecuencia los sistemas
de significado cósmicos
basados en una religión;
el ser humano se ve,
además, separado de la
naturaleza y de la
cadena elemental de la
vida lo que le hace no
tener conciencia del
ciclo de la vida y la
muerte en su vida
cotidiana.
En la búsqueda de
sentido de la vida nos
encontramos, antes o
después, con el carácter
finito de la misma,
porque la muerte forma
parte de la existencia.
Las actitudes que
adoptamos ante la muerte
influyen en el modo en
el que vivimos nuestras
vidas y éste, a su vez,
en nuestra percepción y
conciencia de la muerte.
En relación con estas
ideas, Séneca afirmaba
que ningún hombre goza
del verdadero sabor de
la vida sino aquél que
está dispuesto y
preparado para
abandonarla. San Agustín
también aportó su idea
al respecto al decir que
solamente encarando la
muerte nace el ser del
hombre. De lo
dicho puede desprenderse
que la consideración de
la muerte puede
enriquecer nuestra
percepción de la vida.
En este sentido, Frankl
expresó que “el
sentido de la existencia
humana se basa en su
carácter irreversible”
pues “si el
hombre fuese inmortal
podría demorar cada uno
de sus actos hasta el
infinito” (Frankl,
1987, p. 117).
En relación con la
situación de enfrentarse
con la muerte se ha
encontrado que las
personas necesitan
encontrar más sentido a
la vida en situaciones
adversas que comprenden
la enfermedad, la muerte
y el sufrimiento (Yalom,
1980).
También
es posible que la
conciencia de la muerte
pueda enriquecer la
vida, es decir que la
muerte pueda dar algún
tipo de sentido a la
vida o enriquecerla.
En relación con el
sentido que puede tener
la muerte, el filósofo
Levinas (1994) plantea
que su sentido se
manifiesta en la
relación con la muerte
del prójimo por la
comparación con la
amenaza que pesa sobre
nuestro ser, pero
también la muerte para
este autor indica un
sentido que sorprende
abriendo ante nosotros
un enigma irresoluble.
Para él la muerte es
algo necesario para la
unicidad del yo, ya que
sólo al final de la vida
se completaría la
unicidad del ser.
Para Heidegger la
muerte puede ser un
acontecimiento
significativo que dé,
finalmente, sentido a la
vida, por lo que sería
una condición de
significado. Uno se
puede elegir a sí mismo
de forma auténtica sólo
si se concibe como ser
hacia el fin de su vida,
porque la muerte puede
ser como una espuela que
nos haga tomar una mayor
conciencia de nuestro
propio ser y de nuestra
responsabilidad (Levinas,
1994).
Pero lo que sucede en
nuestra cultura es que
al no asumirse de forma
adecuada la posibilidad
de la muerte, se ha
empobrecido el sentido
que puede dar a la vida.
En este sentido Freud
afirmaba que ante esta
actitud ante la muerte,
la vida se vuelve vacía
y superficial (Yalom,
1984).
Elaboración de la propia
muerte
Es
muy importante que el
que acompaña haga un
trabajo sobre la
asunción de su propia
muerte. Sin haber
elaborado nuestra
actitud ante nuestra
muerte en nuestro
interior es muy difícil
que podamos asumir
empáticamente el
acompañamiento y que
podamos soportar el
desasosiego que supone
el ver la muerte de
otro, que en última
instancia nos remite a
nuestra propia finitud.
El
dolor del que acompaña
puede ser mayor del de
aquél que se haya
inmerso en su propio
final. Uno amplifica con
su mirada el verdadero
sufrimiento y el
verdadero temor
proyectándose a sí mismo
y sus temores en la
vivencia del otro.
Cambio de valores ante
situaciones límite
Jaspers
(1973) llamó situaciones
límite a aquellas que
nos enfrentan con
grandes dificultades,
que nos impulsan a la
confrontación con
nuestra situación
existencial en el mundo.
La situación límite por
excelencia es la muerte.
Esta experiencia límite
nos hace tomar
conciencia de nuestra
finitud y enfrenta al
individuo a su situación
existencial
arrastrándolo a una
mayor conciencia del ser
y, por lo tanto, a un
estado más elevado. Esa
conciencia del ser que
supone el ver el propio
límite puede catalizar
un cambio interior de
perspectiva, muy
importante por
posibilitar una
reflexión profunda sobre
nuestro lugar en el
mundo y sobre nuestra
existencia. La muerte
pone a prueba la
coherencia de nuestro
sentido vital y eso
posibilita un cambio
hacia una mayor
autenticidad y hacia la
posibilidad de vivir la
vida con mayor
intensidad. Esta
situación es corroborada
por muchas personas para
las que la confrontación
con la posibilidad de la
muerte ha supuesto una
transformación radical
en sus vidas, algo que
también se ha reflejado
en la literatura como en
las dos obras de Tolstoi
“Guerra y Paz” y “La
muerte de Ivan Illich”.
También se ha podido
comprobar que el ver
cercana la muerte es
muchas veces la
posibilidad de concluir
el sentido de toda una
vida y de la toma de
conciencia de lo que
falta por realizar.
Puede ser la oportunidad
para el cambio y el
crecimiento personal por
producirse los
siguientes fenómenos (cfr.
Yalom, 1984) :
-
Redistribución de
prioridades de la vida
en la que se da a cada
cosa su verdadero valor.
-
Sensación de liberación.
-
Intensificación de la
vivencia del presente.
-
Mayor profundidad de la
vida lo que supone por
ejemplo una mayor
profundidad en la
comunicación con los
seres queridos.
-
Toma de conciencia de
los propios límites.
-
Apertura a la
trascendencia que
proporciona esperanza.
-
Menos temores
interpersonales.
La consecuencia de estos
fenómenos es, con
frecuencia, la curación
o la mejoría de muchas
neurosis, ya que las
preocupaciones en torno
a las que se centraba la
neurosis pasan a un
segundo plano, ante lo
que cobra más relevancia
y da más sentido a la
existencia, por verse
como algo más esencial o
más profundo que la
vivencia neurótica.
Sistemas de creencias y
expectativas ante la
muerte
Cuando
llega el final de la
vida de una persona, sus
temores incluyen los
diversos significados
que la muerte ha
adquirido para ella en
el curso de su vida. Las
ideas que nos hacemos de
lo que es la muerte y de
lo que sucede después de
la misma están
estrechamente ligadas a
los sistemas o
subsistemas culturales
de referencia, que nos
han sido transmitidos a
lo largo de nuestras
vidas a través de una
educación explícita,
pero también implícita
en las actitudes de las
personas con las que
hemos mantenido una
relación más cercana. El
hecho de vivir inmerso
en un entorno que se
estructura en unas
determinadas pautas, que
se adoptan de una manera
consensuada por un grupo
determinado, nos va
configurando una forma
de reaccionar y elaborar
las pérdidas. Dichas
pérdidas, a veces, se
asumen sin apenas darnos
cuenta o sin haber hecho
una elaboración
consciente. El hacer
dicha elaboración
consciente de nuestro
sistema de referencia y
de nuestras actitudes
puede ayudar a tomar
conscientemente la
decisión de tomar una u
otra actitud y esto
favorece una mejor
elaboración del proceso
de morir de otros y de
la propia muerte, cuando
se dé esa situación.
Acciones fundamentales
en el acompañamiento al
final de la vida
Para hacer un
acompañamiento que sea
adecuado, y que sobre
todo sirva de ayuda a la
persona que se encuentra
en la fase final de su
vida, hay que tener en
cuenta todos los
aspectos mencionados
hasta el momento y
hacerlos explícitos en
el diálogo. Esto sirve
para ayudar a que la
persona se sitúe en el
sentido que da a su
muerte y en el proceso
que está viviendo, en el
sentido que da a su vida
en esa situación
concreta con su
personalidad singular.
Igualmente es importante
que se hagan explícitos
sus valores prioritarios
y se le plantee la
posibilidad de
ordenarlos en función de
la situación que está
pasando y que se le
permita expresar sus
sistemas de creencias y
expectativas ante la
muerte. Todo ello,
evidentemente en un
clima de respeto y
aceptación incondicional
hacia una persona que se
halla viviendo una
situación difícil. Este
respeto ha de dirigirse
tanto a su ser como
hacia sus ideas acerca
de lo que está pasando.
También es fundamental
lo que se ha mencionado
anteriormente respecto a
un trabajo interno de
toma de conciencia de
actitudes personales
ante la muerte por parte
de la persona que ha de
acompañar. En la medida
que sea más consciente
de su postura y tenga
una mejor elaboración en
sí misma de la
posibilidad de morir,
hará un acompañamiento
más humano y por lo
tanto más cercano y
útil.
En relación con este
punto que estamos
tratando, las acciones
concretas son: dejarle
hablar sobre lo que está
pasando de manera
espontánea y preguntar
directamente en caso de
que haya dificultades
para abordar la
cuestión. Sin embargo,
no hay que forzar un
tema de conversación, en
el caso de que el
enfermo no desee hablar
de ello. En general, es
mejor dejar que se
pongan los conflictos de
manifiesto de forma
espontánea o estimulando
su expresión para evitar
entrar en una
“conspiración de
silencio”, que a veces
se mantiene por una o
varias partes dentro de
la red de relaciones de
la persona implicada en
el proceso de morir.
Esto sucede cuando nadie
quiere hablar de un tema
aunque todos lo tienen
en mente y, como
consecuencia, no hay
comunicación y cada uno
está aislado en sí mismo
con su sufrimiento.
Asimismo, es muy
importante ser
auténticos y
espontáneos, y aquí
nuevamente es de
destacar la relevancia
de un trabajo personal
interior que dé
serenidad, madurez y la
capacidad de esa
autenticidad y
espontaneidad desde la
toma de conciencia de
uno mismo.
Atendiendo a los
sistemas de creencias,
es fundamental ayudar a
la persona que ha de
morir y a sus allegados
a explicitar su visión
de la muerte y del
proceso de morir, para
favorecer la expresión
de dificultades, conocer
recursos de
afrontamiento y, sobre
todo, ayudar a sentirse
aceptado al que está
atravesando este proceso
de llegar al fin de la
vida.
Dificultades en el
acompañamiento
El acompañamiento al
final de la vida no es
algo sencillo por el
dolor que entraña para
quién lo está pasando.
Dicho dolor está
relacionado con todos
los factores reseñados
anteriormente. Si la
vida, la situación
concreta o la muerte no
tiene sentido, el dolor
se intensifica y la
relación interpersonal
es más complicada.
También añaden
dificultades la falta de
expresión del dolor (por
parte de las diferentes
partes implicadas) o la
sobreexpresión
emocional, la negación
de lo que está pasando,
la “conspiración del
silencio”, la falta de
apoyo social y/o
familiar, las relaciones
distantes del personal
sanitario, el exceso de
tecnificación de los
tratamientos, las
relaciones familiares
conflictivas, el sentir
la frustración de
proyectos vitales que no
se han podido realizar,
la falta de control de
síntomas físicos y
cualquier situación que
aumente la incomodidad
física y emocional. Si
se da cualquiera de
estas situaciones hay
que delimitarlas y
abordarlas por separado
mediante las estrategias
más adecuadas para cada
una de ellas, pero sin
perder nunca de vista el
contexto global del ser
humano como persona
multidimensional y de su
contexto social,
cultural y familiar.
Por parte del
profesional que
acompaña, él se ve
confrontado con su
propio dolor ante
situaciones semejantes y
ante el desasosiego que
supone el tomar
conciencia de que uno,
en algún momento, ha de
pasar por lo mismo. Esta
situación puede ser para
el profesional la
oportunidad de tomar
conciencia de partes de
la personalidad de uno
que necesitan ser
escuchadas y “curadas”
e, incluso, puede dar la
posibilidad de empezar
la confrontación
necesaria con la propia
finitud, que ayude a
afrontarla y a adoptar
una actitud madura y
serena, a través de un
proceso de crecimiento
personal. Ello se podría
conseguir mediante un
trabajo interior que nos
pueda llevar a ser
realmente capaces de
hacer un acompañamiento
adecuado después de
haber aprendido, por
ejemplo, a acompañarnos
a nosotros mismos.
Mª Isabel Rodríguez
Fernández (Psiquiatra,
Profesora de la
Universidad San Pablo-CEU,
Miembro de la Asociación
Española de
Personalismo, Miembro de
AESLO).
Bibliografía
Ariès,
P. (1999). El hombre
ante la muerte.
Madrid: Taurus.
Ariès, P. (2000).
Historia de la muerte en
Occidente.
Barcelona: El
Acantilado.
Frankl, V.E. (1987).
Psicoanálisis y
existencialismo. De la
psicoterapia a la
logoterapia.
México: Fondo de Cultura
Económica.
Frankl, V.E. (1988).
El hombre en busca de
sentido.
Barcelona: Herder.
Frankl, V.E. (1999)
El hombre en busca de
sentido último.
Barcelona: Paidós.
Hennezel, M. y Leloup,
J.Y. (1998). El arte
de morir. Tradiciones
religiosas y
espiritualidad humanista
frente a la muerte.
Barcelona: Helios.
Jaspers, K. (1973).
La filosofía. Breviarios.
Buenos Aires: Fondo de
Cultura Económica.
Levinas, E. (1994).
Dios, la muerte y el
tiempo. Madrid:
Cátedra
Neimeyer, R.A.
(compilador). Métodos
de evaluación de
ansiedad ante la muerte.
Barcelona: Paidós.
Yalom, I. (1984).
Psicoterapia existencial.
Barcelona: Herder
|