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Trastorno de estrés postraumático
crónico y trastorno límite de la personalidad:
¿Es posible una distinción clara entre ambos
trastornos?

Mayte
Francia López, Mª Isabel Rodríguez Fernández.

Departamento de Psicología
de la Facultad de Medicina de la Universidad San
Pablo-CEU de Madrid.

Trabajo presentado en el 9º
Congreso Virtual de Psiquiatría (2008)
http://www.psiquiatria.com/congreso/2008/otras/articulos/34329/
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Resumen
Muchos
profesionales, desde la década de los ochenta,
comienzan a darse cuenta de que hay elementos
comunes entre el trastorno límite de la
personalidad y el trastorno de estrés post
traumático crónico (relacionado con hechos
traumáticos en la infancia). A raíz de la toma
de conciencia de dicha coincidencia, comienzan a
desarrollarse hipótesis, en relación con poner
en cuestión si el trastorno limite de la
personalidad es una entidad diagnóstica
independiente, como el resto de los trastornos
de personalidad, o bien, es una variante
diagnóstica del trastorno de estrés post
traumático de tipo crónico, que debido a la
experimentación de dichos traumas a quedado
incrustado y ha pasado a formar parte de la
propia personalidad del sujeto. En el presente
trabajo se buscará hacer una revisión de la
bibliografía existente con dos objetivos
principales: 1) Conocer los hallazgos
relacionados con las relaciones existentes entre
la vivencia de una historia de traumas,
experimentados a lo largo de la infancia y la
adolescencia y el desarrollo del trastorno de la
personalidad de tipo límite en la vida adulta.
2) Poner de manifiesto, las dificultades
diagnósticas existentes, cuando hay antecedentes
de traumas persistentes a lo largo de la
infancia y la adolescencia. De ahí se
desprenderían dificultades en la clasificación
diagnóstica de éstos, dentro del Eje I como
trastorno por estrés postraumático de tipo
crónico, o bien, dentro del Eje II, como
trastorno límite de la personalidad.
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|
Introducción
Desde
finales
de la
década
de los
ochenta,
numerosos
profesionales
comenzaron
a tomar
conciencia
de que
existían
numerosas
coincidencias
en
algunas
manifestaciones
sintomáticas,
entre
personas
diagnosticadas
de
trastorno
límite
de la
personalidad
y
personas
que
recibían
un
diagnóstico
de
trastorno
por
estrés
postraumático
crónico,
cuando
había
antecedentes
de
traumas
infantiles
(1).
Esta
circunstancia,
llevó al
desarrollo
de dos
hipótesis
distintas,
la
primera
de las
cuales
defendía
que el
trastorno
límite
de la
personalidad
es una
entidad
diagnóstica
independiente
(2) y la
segunda
que
dicho
trastorno
es una
variante
diagnóstica
del
trastorno
de
estrés
postraumático
de tipo
crónico,
condicionado
por
experiencias
traumáticas
en la
infancia
o en la
adolescencia
(3).
Dichos
hechos
traumáticos
habrían
llevado
a que
los
síntomas
experimentados
se
hubieran
convertido
en
elementos
constituyentes
de la
personalidad
del
sujeto,
como
consecuencia
de
haberse
experimentado
el
trauma
en fases
de la
personalidad
en las
que la
misma no
ha
adquirido
suficiente
consistencia,
alterándose
por
ello, el
desarrollo
normal
de la
personalidad
del
sujeto
(4).
A partir
del
desarrollo
de las
hipótesis
citadas,
se han
llevado
a cabo
diversas
investigaciones
para
tratar
de
determinar
si hay o
no
relación
entre
las
entidades
diagnósticas
señaladas,
con
resultados
diversos,
como se
mostrará
en el
presente
trabajo.
La línea
de
estudio
más
relevante
parece
ser la
que
estudia
la
relación,
entre el
trastorno
límite
de la
personalidad,
trastorno
de
estrés
postraumático
y
acontecimientos
traumáticos
a lo
largo de
la
infancia.
Algunos
autores
(1,4) se
preguntan,
si en
realidad
el
trastorno
límite
no es
más que
una
variante
del
trastorno
por
estrés
postraumático
de tipo
crónico,
ya que
existen
numerosos
paralelismos
entre
ambos
trastornos,
en
relación
con las
experiencias
traumáticas
previas
de estos
pacientes,
y más en
concreto
con las
de tipo
sexual.
En
diferentes
trabajos
se
encuentra
relación
entre
haber
experimentado
situaciones
traumáticas
en la
infancia,
en
general
de tipo
sexual y
recibir
un
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad
(1,2,4-8).
Por los
motivos
señalados,
en el
presente
trabajo
hemos
considerado
hacer
una
revisión
de la
literatura
existente
con
respecto
a este
tema,
con dos
objetivos
fundamentales:
1)
Conocer
si hay
alguna
relación,
entre
haber
sufrido
traumas
repetidos
a lo
largo de
la
infancia
o la
adolescencia
y el
desarrollo
de un
trastorno
de
personalidad
límite
en la
vida
adulta.
2)
Conocer
si las
dificultades
diagnósticas,
para
establecer
un
diagnóstico
diferencial
entre un
posible
trastorno
del Eje
I (como
trastorno
por
estrés
postraumático)
o del
Eje II
(como
trastorno
límite
de la
personalidad),
se dan
sólo en
un plano
teórico
o son un
hallazgo
frecuente
en la
práctica
clínica
cuando
hay
antecedentes
de
hechos
traumáticos
persistentes
en la
infancia
o la
adolescencia.
En el
presente
trabajo
se hará
inicialmente
una
conceptualización
de los
principales
temas en
relación
con los
objetivos
propuestos:
Traumas
infantiles,
trastorno
límite
de la
personalidad
y
trastorno
por
estrés
postraumático.
Finalmente
se hará
una
revisión
de los
hallazgos
clínicos
y de los
estudios
más
relevantes,
existentes
en la
literatura
actual,
sobre la
relación
entre
las tres
cuestiones
señaladas.
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|
Traumas
infantiles
1.-
Definición
de
traumas
infantiles
y
tipología
Para
autores
como
Finkelhor
y Browne
(7), el
trauma
se
produce
como
consecuencia
de
acontecimientos
dolorosos,
a los
que la
persona
no
encuentra
significado,
y que
además,
experimenta
como
algo
insuperable
e
insufrible.
Estos
autores,
definen
el
trauma
como
“aquello
que
altera
el
desarrollo
cognitivo
y
emocional
de la
víctima,
distorsionando
su
autoconcepto,
la
percepción
del
mundo y
las
habilidades
afectivas”.
La
mayoría
de los
autores,
que
citaremos
a
continuación,
no
delimitan
un rango
de edad
concreto,
en el
que
situar,
el
concepto
de
traumas
infantiles.
Lo que
si es
cierto
de
manera
general,
es que
se hacen
referencias
a fases
del
desarrollo
que
incluyen
epatas
prenatales
y
postnatales,
y estas
últimas
englobarían
el
periodo
evolutivo
comprendido
desde el
nacimiento
hasta la
preadolescencia
(8,10,11).
La
mayoría
de las
publicaciones
sobre
las
experiencias
traumáticas
infantiles,
que
serán
citadas
a lo
largo
del
artículo,
se
centran
en las
siguientes
variables
de
investigación
(10):
1)
Separación
traumática
por más
de un
mes de
los
padres o
cuidadores.
2) Haber
sido
victima
de
castigo
físico
importante.
3) Haber
sido
testigo
de
violencia
física
entre
los
padres o
cuidadores.
4) Haber
sido
víctima
de
abusos
sexuales
o haber
sufrido
un
contacto
sexual
forzado
con
algún
pariente
o con
otro
miembro
externo
a la
familia.
5) Haber
sido
víctima
de
tratos
negligentes
tanto
físicos
como
emocionales
por
parte de
los
padres o
cuidadores
en su
defecto.
Este
conjunto
de
variables
que se
relacionan
con los
eventos
traumáticos
infantiles,
quedan
recogidas
en las
diferentes
tipologías
que
describen
el
maltrato
infantil.
Para la
Organización
Mundial
de la
Salud,
el
maltrato
infantil
puede
ser
cualquier
forma de
maltrato
físico
y/o
emocional,
abuso
sexual,
abandono
o trato
negligente
que
derive
en un
daño
real o
potencial
para la
salud,
la
supervivencia,
el
desarrollo
o la
dignidad
del
niño, en
situaciones
en las
que se
da una
relación
de
responsabilidad,
confianza
o poder
(12).
Las
tipologías
sobre
los
malos
tratos
infantiles,
separan
éstos en
dos
categorías
principales,
siendo
éstas:
Maltrato
físico y
maltrato
emocional.
Las
conductas
en
relación
con el
maltrato,
pueden
darse
por
determinadas
acciones,
y darían
lugar a
lo que
se
conoce
como
maltrato
activo,
o por
omisiones
que
darían
lugar a
lo que
se
conoce
como
maltrato
pasivo
(10).
Los
posibles
tipos de
maltrato
pueden
agruparse
de la
siguiente
forma
(10,11,13):
1) Malos
tratos
físicos:
Serían
todas
las
conductas
que no
son
accidentales
y que
generan
daños
físicos
o
enfermedades
en el
niño, o
bien le
colocan
en una
situación
de
gravedad
para
padecerlo.
Kempe
(11)
denominó
a este
tipo de
maltrato
como “el
síndrome
del niño
apaleado”.
Donde
quedarían
clasificadas
conductas
de abuso
físico y
abuso
sexual.
En este
caso nos
enfrentamos
a un
tipo de
maltrato
activo.
2)
Abandono
físico o
negligencia:
Se daría
cuando,
las
necesidades
básicas
del
niño, no
son
cubiertas;
por eso
nos
enfrentamos
a un
tipo de
maltrato
pasivo.
3)
Maltrato
emocional:
Serían
conductas
relacionadas
con,
hostilidad
verbal
crónica,
amenazas
de
abandono
y
constante
bloqueo
a
iniciativas
de
interacción
por
parte
del
niño.
4)
Abandono
emocional:
Es
conocido
también,
como
deprivación
afectiva
(13).
Consistiría
en la
falta
persistente
de
respuesta
a las
señales,
expresiones
y
conductas
procuradoras
de
proximidad
iniciadas
por el
niño
(10,11)
2.-
Efectos
de los
traumas
infantiles
Janet
(8)
indica
que las
experiencias
traumáticas
infantiles,
alteran
el
desarrollo
de la
personalidad
del
sujeto,
impidiendo
que éste
sea
capaz de
procesar
nueva
información,
sobre
sus
habilidades
para
hacer
frente a
los
cambios
que van
sucediendo.
Además,
el
sujeto
es
incapaz
de
integrar
en sus
esquemas
autobiográficos,
la
información
procedente
de estas
experiencias
traumáticas.
Según
Freud
(8),
aquellos
sujetos,
que son
incapaces
de
integrar
las
experiencias
traumáticas
vividas
en el
pasado
en su
memoria
autobiográfica,
reexperimentan
en el
presente
una
repetición
constante
de ese
material
reprimido.
De forma
similar,
van der
Kolk
(14),
plantea
la
probabilidad
es de
que
estos
sujetos,
no sean
conscientes
de la
conexión
existente
entre la
reexperimentación
actual y
la
experiencias
traumáticas
pasadas.
|

|
Con
respecto
a la
severidad
de los
síntomas
que se
sufren
como
consecuencia
de haber
tenido
experiencias
traumáticas,
algunos
autores
(8),
afirman
que la
severidad
de las
experiencias
traumáticas
varía
ampliamente,
en
función
de
diferentes
variables
como,
tipo de
abuso,
frecuencia,
edad de
inicio,
número
de
personas
que
perpetraron
el abuso
y si
estas
eran o
no
significativas
para la
víctima,
y la
presencia
del
contexto
familiar
que
ayuda a
mitigar
o
potencia
los
efectos
del
trauma.
La
severidad
de la
experiencia
traumática,
tiene
correlación
con la
severidad
de los
futuros
síntomas
que el
sujeto
desarrolla
como
consecuencia
del
trauma.
En
relación
con las
secuelas
psíquicas
del
trauma,
Johnson
y
colaboradores
(15)
indican
que para
los
sujetos
que han
sido
víctimas
de
abusos
sexuales,
físicos
o
cuidados
negligentes
durante
la
infancia,
existe
una
probabilidad
cuatro
veces
superior,
que para
el resto
de
sujetos
que no
han sido
víctimas
de este
tipo de
experiencias
traumáticas
infantiles,
de
recibir
en la
edad
adulta
un
diagnóstico
de
trastorno
de
personalidad.
Existen
diferentes
teorías,
que
tratan
de
explicar
los
efectos
de los
traumas
sexuales
durante
la
infancia.
Un
primer
aspecto
que
sentaría
bases
para la
perpetuación
del
trauma,
sería el
que los
cuidadores,
no hayan
protegido,
al niño,
de los
abusos
sexuales,
o bien
hayan
actuado
como
testigos
pasivos.
Esto
generaría
en el
niño,
una
incapacidad
para
confiar
en los
demás,
calmarse
a si
mismo,
desarrollar
mecanismos
de
autoprotección
y
problemas
para
tener
claro
cuál es
su
verdadera
identidad.
Los
sujetos
que han
sido
víctimas
de
traumas
sexuales,
desarrollarían
relaciones
interpersonales
alteradas,
debido a
que
estas
acaban
percibiéndose
en
relación
con la
experiencia
traumáticas
pasadas
(como
potencialmente
equivalentes)
y por
otro
lado
buscarían
protección
de los
demás.
Esto
situación
de
ambivalencia,
les
llevaría
a
desarrollar
relaciones
interpersonales
inestables
(4). A
estas
dificultades
en las
relaciones
interpersonales
se añade
la
dificultad
de que
los
traumas
se
reexperimentarían
cíclicamente,
por lo
que la
persona
desarrollará,
sentimientos,
conductas
y
pensamientos
desadaptativos
y
destructivos,
que
parecen
servirle,
paradójicamente,
para
mantenerse
alejado
de la
reexperimentación
real del
trauma,
por lo
que en
cierto
modo
cumplen
una
función
de
autoprotección
(4).
Algunos
autores
como van
der Kolk
(14),
indican
que los
sujetos
que han
sido
víctimas
de
traumas
sexuales
acaban
volviéndose
adictos
al
trauma.
La
explicación
de esta
dinámica,
se
encontraría
en los
orígenes
de la
experiencia
traumática.
Que
serían
una
experiencia
que iría
acompañada
de
elevados
niveles
de
estrés,
que
activarían
a su vez
el
sistema
de
opióides
endógenos.
Esta
situación
daría
paso a
la
instauración
de un
círculo
fisiológico
de
dependencia
–
abstinencia.
|

|
Trastorno
límite
de la
personalidad
1.-
Origen
del
término
“límite”
Inicialmente
el
concepto
borderline,
aparece
dentro
de la
perspectiva
psicoanalítica,
dentro
de la
cuál se
asume
este
término
como
equivalente
al de
estructura
o estado
fronterizo,
pues se
considera
que
estas
personas
oscilan,
dentro
de un
continuo,
entre
estados
neuróticos
y
psicóticos,
en
función
del
grado de
estrés
vital al
que se
encuentren
sometidas
(16).
Este
concepto
y el
desarrollo
del
mismo
dentro
del
psicoanálisis,
tendrá
un peso
importante
en la
conceptualización
posterior
de lo
que
sería el
trastorno
límite
de la
personalidad,
que
aparecerá
por
primera
vez en
el DSM-III
(17).
Kernberg
(17) ha
propuesto
el
término
organización
límite
de la
personalidad
para un
amplio
espectro
de
pacientes
con
trastornos
graves
de la
personalidad,
que se
caracterizarían
por
carecer
de una
sensación
de
identidad
integrada,
una
organización
defensiva
que se
centraría
en torno
a la
escisión,
a la vez
que
mantendrían
intacta
la
comprobación
de la
realidad.
Tendrían
además,
otras
características
menos
esenciales
que
serían:
una
manifestación
no
específica
de
debilidad
del yo,
falta de
integración
del
superyó,
pensamiento
de
proceso
primario
y una
condensación
de
conflictos
preedípicos
o
edípicos
que
estarían
sometidos
al
dominio
de la
agresión
preedípica.
Stern
(16)
usará el
término
“grupo
límite
de las
neurosis”
para
referirse
a estas
personas.
Al
buscar
la
etiopatogenia
de este
grupo de
pacientes,
Stern
señala
el rol
de la
madre
deprivante
y
rechazante,
como
factor
responsable
de la
aparición
del
trastorno,
o el
efecto
de la
relación
con una
madre
psicótica
o
neurótica,
que sea
incapaz
de
expresar
un
afecto
espontáneo
al niño.
Kenberg
(17) en
consonancia
con la
propuesta
de
Stern,
indica
que la
tríada
de
síntomas
típicos
de estos
pacientes
se
caracteriza
por
debilitación
de la
identidad
del yo,
manifestaciones
emocionales
primitivas
de
intensidad
elevada
y
problemas
del
control
de
impulsos.
Sus
mecanismos
de
defensa
más
frecuentes
serían
la
disociación,
la
proyección
y la
idealización.
Para
Mahler
(18) el
origen
del
trastorno
se
localiza
en la
fijación
en la
fase del
desarrollo
temprano
de la
separación-individuación.
Estas
personas
habrían
tenido
madres
que no
les
proporcionaron
afecto,
y al
mismo
tiempo,
cuando
iniciaban
procesos
para
desarrollar
una
mayor
autonomía
recibían
castigos
por
parte de
éstas.
Posteriormente
el
concepto
se va
desligando
de la
perspectiva
psicoanalítica,
e irán
apareciendo
diferentes
modelos
explicativos
sobre
los
factores
etiológicos
y
mantenedores
del
trastorno.
Factores
que
actualmente
siguen
sin
estar
suficientemente
clarificados.
Los
modelos
teóricos
con
mayor
peso en
la
actualidad,
buscan
enfoques
integradores
en los
que se
considera
el peso
de
factores
biológicos,
psicológicos
y
sociales
(18). Un
ejemplo
de dicho
intento
de
integración
sería el
modelo
propuesto
por
Millon
(18), en
el que
se tiene
en
cuenta
estas
diferentes
variables,
en
relación
con la
aparición
del
trastorno.
Actualmente
estos
modelos
no
disponen
de
suficiente
soporte
empírico.
En
cuanto a
la
prevalencia
de
acontecimientos
negativos
en las
primeras
etapas
de la
vida, el
trastorno
límite
de la
personalidad,
también
ha sido
uno de
los
trastornos
más
estudiados.
Diferentes
estudios
han
confirmado
que los
antecedentes
de malos
tratos
físicos
y abusos
sexuales
durante
la
infancia
tienen
una
elevada
prevalencia
en los
pacientes
con
trastorno
límite
de la
personalidad.
(1,5,8).
Desde el
principio,
han
existido
diferentes
puntos
de vista
en
cuanto a
la
existencia
del
trastorno
límite
de la
personalidad.
Hay
autores
(1), que
plantean
que,
aunque
el
trastorno
límite
de la
personalidad
haya
sido uno
de los
trastornos
de
personalidad,
más
ampliamente
estudiado
por los
profesionales,
no es
una
prueba
de
validación
de la
existencia
de esta
categoría
diagnóstica
Los
criterios
diagnósticos
que se
han
aplicado
para
definir
el
trastorno
límite
de la
personalidad,
parecen
no haber
quedado
bien
establecidos
desde el
inicio.
Como
podemos
ver en
la
tercera
edición
del
manual
diagnóstico
y
estadístico
de los
trastornos
mentales
el
perfil
que se
describía
para
este
trastorno,
incluía
criterios
tan
amplios,
que
podían
ser
aplicados
a
numerosos
pacientes,
con
características
bien
distintas
entre sí
(18).
|

|
2.-
Definición
del
trastorno
límite
El
trastorno
límite
de la
personalidad,
es el
trastorno
de la
personalidad
en el
que más
autores
han
centrado
su
atención
y sobre
el que
más se
ha
investigado
y
escrito,
en
comparación
con el
resto de
los
trastornos
de la
personalidad.
Según
Millon
(18),
una de
las
principales
características
definitorias
del
trastorno,
es la
presencia
de
inestabilidad
áreas
como,
relaciones
interpersonales,
autoimagen
y la
afectividad,
además,
de una
notable
impulsividad.
Según la
American
Psychiatric
Association,
en la
cuarta
edición
revisada
del
manual
diagnóstico
y
estadístico
de los
tratornos
mentales
(19), el
trastorno
se
caracteriza
por la
presencia
de “un
patrón
general
de
inestabilidad
en las
relaciones
interpersonales,
la
autoimagen
y la
afectividad,
y una
notable
impulsividad,
que
comienzan
al
principio
de la
edad
adulta y
se dan
en
diversos
contextos”
(p.280)
que se
manifiestan
en cinco
o más de
los
siguientes
apartados:
1)
Esfuerzos
frenéticos
por
evitar
un
abandono
real o
imaginario.
2)
Relaciones
interpersonales
inestables
e
intensas,
con
alternancia
entre
los
extremos
de
idealización
y
devaluación.
3)
Alteración
de la
propia
identidad,
que es
muy
inestable.
4)
Impulsividad.
5)
Comportamientos,
amenazas
o
intentos
de
suicicio
repetidos,
y/o
automutilaciones.
6)
Inestabilidad
afectiva.
7)
Sentimientos
crónicos
de
vacío.
8) Ira
inapropiada
e
intensa
o
dificultades
para
controlarla.
9)
Ideación
paranoide
transitoria
o
síntomas
disociativos
graves
en
relación
con
situaciones
de
estrés.
3.-
Etiología
del
trastorno
límite
Existen
teorías,
que
sitúan
la
etiología
del
trastorno
de
personalidad
límite,
entre
los 2 y
los 3
años de
edad,
haciendo
referencia
a un
desarrollo
que se
desviado
o que se
ha
quedado
bloqueado.
Desde
esta
perspectiva,
se hace
especial
hincapié,
en la
fase
evolutiva
llamada
de
separación–individuación
(18-36
meses),
entre
madre y
el hijo.
Sería en
esta
fase,
cuando
la madre
debería
ir
animando
y
reforzando
al niño,
a ser
autónomo
en todos
los
intentos
que va
realizando
para
conseguirlo.
Con esto
conseguiría
ir
separando
paulatinamente,
su
identidad,
de la de
su
madre.
Lo que
podría
suceder
en
sujetos
que
desarrollan
un
trastorno
límite
de
personalidad
sería
que cada
vez que
el niño
inicia
conductas
para
conseguir
más
autonomía,
la madre
las
rechaza
y
desaprueba.
Este
fracaso
en el
desarrollo
de la
propia
autonomía,
explicaría
como
posteriormente
las
personas
con
trastorno
de
personalidad
límite,
no son
capaces
de
desarrollar
ni
mantener
un
sentido
de
identidad
estable
y como,
cuando
inician
relaciones
íntimas
con
personas
significativas,
aparecen
al mismo
tiempo,
mecanismos
de
defensa
tales
como
necesidad
de
dependencia
y de
separación
(8).
Kernberg
y Klein
han
desarrollado
la
hipótesis
de que
estos
pacientes
tienen
una
incapacidad
constitucional
para
regular
los
afectos,
lo que
les
predispone
a la
desorganización
psíquica
en
ciertas
condiciones
adversas
ambientales
en fases
tempranas
(17).
También
se ha
señalado
la
posibilidad
de una
cierta
vulnerabilidad
predisponente,
de
alteraciones
en la
vinculación,
así como
de la
influencia
de
experiencias
tempranas
adversas
con
figuras
relevantes
y muy
especialmente
con la
madre
(17).
Kernberg
planteó
la
hipótesis
de que
la
figura
materna
es
experimentada
en las
primeras
fases
del
desarrollo,
de dos
formas
contradictorias.
De tal
forma
que por
una
parte la
experimenta
como la
madre
buena y
por otra
como la
madre
mala.
Esto
genera
una
ambivalencia
afectiva
que
lleva al
niño a
intensos
sentimientos
de
ansiedad,
que
llevan a
una
defensa
límite
de
escisión
para
mantener
separadas
esas dos
experiencias
diferentes.
Estas
vivencias
hacen
que en
el
futuro,
la
persona
adulta
con un
trastorno
límite
distorsione
sus
relaciones
en el
presente,
clasificando
a las
personas
en
totalmente
buenas o
totalmente
malas
(17).
Otra
hipótesis
importante
es la de
Mahler y
Masterson,
que
señalan
que los
bebés se
verían
sometidos
a
separaciones
imprevisibles
y
prolongadas
durante
la fase
de
separación-individuación
(17).
Esta
teoría
se puede
relacionar
con
facilidad
con la
hipótesis
de haber
sufrido
algún
tipo de
maltrato
por
negligencia
durante
la
infancia.
Como ya
se ha
señalado
previamente,
los
enfoques
con más
peso en
la
actualidad
serían
los
integradores,
que aún
no
tienen
una
suficiente
fundamentación
empírica.
|
|
|
|
|
|
Trastorno
de
estrés
postraumático
1.-
Definición
del
trastorno
de
estrés
postraumático
El
trastorno
de
estrés
postraumático,
se
caracteriza
por la
presencia
de
alteraciones
en cinco
dominios,
que
serían
los
siguientes
(4):
1)
Alteraciones
psicobiológicas:
Propensión
a
respuestas
de ira,
hipervigilancia,
respuestas
de
sobresalto
ante
pequeños
estímulos
y
trastornos
del
sueño.
2)
Alteraciones
en la
memoria:
Imágenes
intrusivas
sobre el
trauma,
reexperimentación
del
trauma,
experiencias
disociativas.
3)
Conductas
de
evitación:
Negación,
distanciamiento,
constricción
o
aplanamiento
emocional,
abuso de
sustancias.
4)
Alteración
en el
autoconcepto
y la
identidad
personal:
Difusión
de la
propia
identidad,
cogniciones
erróneas
acerca
de si
mismo y
del
mundo,
autoconcepto
vulnerable.
5)
Alteración
en las
relaciones
interpersonales:
alienación
de las
relaciones
personales
y
desconfianza
en los
otros,
problemas
del
control
de
impulsos
y
límites
en las
relaciones
personales.
2.-
Etiología
del
trastorno
por
estrés
postraumático
Parece
ser que
hay una
serie de
factores
que
contribuyen
a la
aparición
de un
trastorno
por
estrés
postraumático,
a raíz
de haber
experimentado
un hecho
traumático.
Algunos
tendrían
que ver
con las
características
del
hecho
traumático
y serían
(20):
1.- Su
gravedad
o
intensidad.
2.- Las
características
del
mismo:
habría
más
posibilidades
de que
se
desarrollara
un
trastorno
de este
tipo, si
lo que
ha
sucedido
ha sido
repentino,
prolongado,
repetitivo
o
intencionado.
3.-
Significado
simbólico
del
hecho
vivido
(pues
por
ejemplo,
resulta
más
grave la
repercusión
de una
agresión
sexual,
por su
significado,
que otro
tipo de
agresiones).
4.-
Situaciones
que
suponen
una
extrema
vulnerabilidad
e
indefensión.
Estas
serían
circunstancias
que
contribuirían
a que
disminuyera
la
capacidad
de la
persona
para
tener
control
sobre la
situación
o
desarrollar
estrategias
de
afrontamiento
y que
cuestionan
asunciones
básicas
sobre
sentimientos
de
seguridad
en la
realidad
(20).
Otros
factores
importantes
serían
los que
tendrían
que ver
con las
características
de la
persona
y serían
fundamentalmente
los
siguientes
(20):
1.-
Personalidad
previa:
fortaleza
(resiliencia)
o
debilidad
de la
personalidad.
2.-
Factores
genéticos,
biológicos
o
constitucionales.
3.-
Vivencia
previa
de
hechos
traumáticos.
4.-
Síntomas
psiquiátricos
previos.
5.- Edad
(más
riesgo
en fases
más
críticas
del
desarrollo).
La
reacción
ante el
trauma y
el apoyo
que se
reciba
ante el
mismo,
también
condiciona
el que
se
desarrollen
síntomas
posteriormente,
por lo
que una
intervención
precoz
ante el
mismo
parece
ser un
factor
relevante
en su
prevención.
|

|
Relación
entre el
trastorno
límite
de la
personalidad
y el
trastorno
por
estrés
postraumático
La mayor
parte de
las
investigaciones
que han
buscado
las
relaciones
entre el
trastorno
de
estrés
postraumático
y el
trastorno
límite
de la
personalidad,
han
tomado
como
situación
traumática
a tener
en
cuenta
en la
investigación,
la
presencia
de
abusos
sexuales
persistentes
durante
la
infancia.
De
manera
general,
se han
tomado
como
sujetos
de
estudio
en las
investigaciones,
a
mujeres,
debido a
las
superiores
tasas de
prevalencia
para
ambos
tipos de
trastornos,
en las
mismas.
1.-
Síntomas
comunes
entre
trastorno
límite
de la
personalidad
y
trastorno
de estés
postraumático
En
diferentes
investigaciones,
se ha
detectado
la
coincidencia
de
diversos
síntomas
entre
ambos
trastornos,
que se
enumeran
y
explican
a
continuación:
1.-
Conductas
autodestructivas
como
automutilaciones,
ideación
o
intentos
de
suicidio,
aparecen
en ambos
trastornos,
tanto en
el
trastorno
límite
de la
personalidad
como en
el
trastorno
de
estrés
postraumático
(8,21).
Se
asume,
que
estas
conductas,
cumplirían
la
función
de
mitigar,
el
intenso
estado
de
malestar
o
angustia
psíquica
que ha
quedado
cronificado
en el
sujeto a
consecuencia
de las
experiencias
traumáticas
(8).
Además,
aliviarían
otros
síntomas,
como los
sentimientos
crónicos
de vacío
o de
rabia
intensa
(8).
Diversos
autores
(8)
indican,
que
estas
conductas,
son
usadas
como
mecanismo
para
tranquilizarse,
cuando
sufren
estados
de
elevada
tensión
interna,
que no
son
capaces
de
expresar
verbalmente.
Otros
autores
(6,8)
han
indicado,
que
estas
conductas,
son
frecuentes,
en
sujetos
que han
sido
víctimas
traumas
sexuales.
Se
supone
que las
personas,
expresarían
a través
de
ellas,
sentimientos
intenso
dolor
emocional
y
sentimientos
de
culpabilización
relacionados
con los
sucesos
traumáticos.
Según lo
que
indica
Marchetto
(21) son
más
frecuentes
en
mujeres
que
tienen
una
historia
previa
de
cuidados
paternos
negligentes
y abusos
sexuales.
La
mayoría
de estas
personas
recuerdan
que el
inicio
de este
tipo de
conductas
aparecieron
tras la
primera
experiencia
traumática.
2.-
Experiencias
disociativas:
Aunque
la
despersonalización,
no es
uno de
los
principales
síntomas,
sí que
es
cierto,
que se
da en
ambos
trastornos.
Pierre
Janet
(8)
describía
esta
experiencia,
como, un
proceso
psicológico,
mediante
el que
un
organismo
reacciona,
cuando
es
incapaz
de
soportar
situaciones
que han
sido muy
traumáticas.
Dentro
de la
misma
línea,
cabe
enmarcar
la
hipótesis
de la
regulación
afectiva
desarrollada
por
Williams
(22) que
se
denomina
también
memoria
inespecífica
como
mecanismo
de
defensa.
Este
autor
afirma
que
aquellos
niños
que han
sido
sometidos
a
eventos
extremadamente
negativos,
consolidan
su
memoria
mediante
recuerdos
de tipo
general
e
inespecíficos,
ya que
esto les
ayuda a
evitar
todas
esas
emociones
negativas
que se
presentarían
al
recordar
los
eventos
traumáticos.
Algunos
autores
(8),
indican
que este
tipo de
experiencias,
cumplen
una
“función
protectora”,
ya que
se da,
una
represión
del
recuerdo,
que
serviría
en
cierto
modo,
para
alejar
al
sujeto
de los
sentimientos
de
dolor,
desesperación,
e
intensa
ansiedad
relacionados
con el
trauma.
Briere &
Runtz
encontraron
elevados
porcentajes
de
experiencias
disociativas
en
sujetos
que
habían
sido
víctimas
de
abusos
sexuales
comparado
con
otros
que no
habían
sufrido
ese tipo
de
abusos
(8).
3.-
Reexperimentación
del
trauma a
través
de
imágenes
intrusivas:
Horowitz
(4)
describe
la
paradójica
situación
de las
personas
que han
sido
víctimas
de
traumas,
que por
un lado,
a través
de los
mecanismos
de
represión
y
disociación,
consiguen
no
recordar
los
eventos
traumáticos,
pero por
otro,
aparecen
frecuentemente
síntomas
como
flashbacks
o
estados
de
hipervigilancia,
que
consiguen
traer a
la
conciencia
el
recuerdo,
generalmente
parcial
del
evento
traumático
(4).
2.-
Traumas
y
trastorno
límite
de la
personalidad
Algunos
autores
como
(5-7)
han
planteado
hipótesis
acerca
de la
posible
relación
existente
entre la
vivencia
de
traumas
infantiles
y su
influencia
en el
desarrollo
del
trastorno
límite
de la
personalidad.
La
mayoría
de estos
autores
han
planteado
la idea
de que
el
principal
evento
traumático
que se
relaciona
con
recibir
de
adultos
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
es el
hecho de
haber
sido
víctimas
de
abusos
sexuales
durante
la
infancia
y la
adolescencia.
|

|
Algunos
autores,
que
citaremos
a
continuación,
han
llevado
acabo
investigaciones
para
identificar
la
correlación
existente
entre,
recibir
un
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad
y la
existencia
de una
historia
previa
de
abusos
sexuales
durante
la
infancia.
En esta
línea,
se ha
encontrado
que el
75%, de
las
personas
con
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
tenían
historias
infantiles
de
incesto
(2).
Bryer,
Nelson &
Miller
(23)
encontraron
que el
86%
referían
historias
previas
de
abusos
sexuales
previos
a los 16
años,
mientras
que para
el resto
de
pacientes
no
diagnosticados
con este
trastorno,
fueron
del 21%.
Herman y
colaboradores
(5),
llevaron
a cabo
una
investigación,
en la
que se
trabajó
con una
muestra
de 55
sujetos,
que
dividieron
en tres
grupos
(29
mujeres
y 26
hombres):
1) 21
personas
que
recibieron
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad.
2) 11
tenían
rasgos
del
trastorno
límite
pero no
cumplían
todos
los
criterios
diagnósticos.
3) Los
23
restantes
recibieron
otros
diagnósticos
diferentes.
Estos
autores
pretendían
evaluar
los
efectos
de los
traumas
en la
infancia
y la
adolescencia.,
para
esto se
evaluaron
tres
tipos de
tres
variables:
1) Tipo
de
abuso.
2) Etapa
del
desarrollo
en las
que se
sufrió
el
abuso.
3) Si el
abuso
había
sido
cometido
por una
o más
personas.
Como
resultados
obtuvieron
que,
para el
grupo de
personas
que
recibieron
el
diagnóstico
de
trastorno
límite,
el 71%
había
sufrido
abusos
físicos,
67%
abusos
sexuales,
y el 62%
había
sido
testigo
de
violencia
física.
Además
el 57%,
refería
historia
de
traumas
presentes
desde la
infancia
y por
más de
una
persona.
Comparando
los
resultados
de este
grupo
con los
otros
dos,
estos
autores
encuentran
que las
personas
con
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad
habían
sido
víctimas
de un
mayor
número
de
traumas
y de
manera
más
frecuente,
y
además,
el
inicio
de estos
fue más
temprano
que para
el resto
de los
sujetos.
Zanarini
y
colaboradores
(24)
llevaron
a cabo
una
investigación
en la
que se
trabajó
con tres
grupos,
el
primer
grupo de
sujetos
recibió
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
el
segundo
de
trastorno
antisocial
de la
personalidad
y el
tercero
de
trastorno
distímico.
Se
pretendía
investigar
la
correlación
existente
entre
estos
trastornos
y una
historia
infantil
de
abusos y
negligencias.
Se
encontró,
que el
26% de
las
personas
diagnosticadas
como
trastorno
límite
de la
personalidad
habían
sido
víctimas
de
abusos
sexuales
durante
las
etapas
de la
infancia
y de la
adolescencia
por más
de un
agresor.
En las
personas
diagnosticadas
de
trastorno
antisocial
de la
personalidad
y
trastorno
distímico
los
porcentajes
fueron
6,9 y
3,8 %
respectivamente.
Las
tasas de
abusos
físicos
y
negligencia
tanto
física
como
emocional,
fueron
similares
dentro
de los
tres
grupos.
Ogata y
colaboradores
(6),
llevaron
a cabo
otra
investigación
en la
que se
trabajó
con dos
grupos,
uno
recibió
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
mientras
que el
otro
grupo,
recibió
el
diagnóstico
de
depresión
mayor.
Pretendían
investigar
la
correlación
de ambos
trastornos
con una
historia
previa
de
traumas
infantiles.
Se
encontró
que el
71% de
las
personas
diagnosticadas
como
trastorno
límite
de la
personalidad
habían
sido
víctimas
de
abusos;
en el
caso de
las
personas
con
depresión
mayor,
el
porcentaje
fue de
un 22%.
Encontraron
además,
que el
65% del
grupo de
personas
que
había
recibido
el
diagnóstico
de
trastorno
límite,
habían
sido
víctimas
simultáneamente
de
abusos
sexuales
y
físicos,
y en el
53 % de
estos,
habían
sido
victimas
de
abusos
sexuales
por más
de una
persona.
Otros
autores
que
serán
citados
a
continuación,
investigaron
la
relevancia
de
ambientes
familiares
anormales
o
patológicos
y
presencia
de
abusos,
como
posibles
factores
predisponentes
para el
desarrollo
del
trastorno
límite
de la
personalidad.
Feldman
y
colaboradores
(4)
indican
una
mayor
probabilidad
de
haberse
desarrollado
en
ambientes
familiares
caóticos
o
desorganizados,
con
ausencia
de
cuidados
básicos
y
presencia
de
abusos
familiares.
Ogata y
colaboradores
(6)
encuentran
una
mayor
frecuencia
de
cuidados
negligentes
y
rechazo
emocional
parental.
Además
de
características
como
menor
cohesión
entre
los
miembros
de la
familia
y un
elevado
grado de
conflictividad
familiar.
Herman y
colaboradores
(5)
señalan
que,
negligencia
y el
abuso
emocional,
pueden
jugar un
importante
papel en
relación
al
ambiente
familiar
de estos
sujetos.
Para
algunos
autores
(25),
los
abusos
amplificarían
los
efectos
de la
negligencia
emocional
y
explicarían
las
tormentosas
relaciones
interpersonales
que
desarrollan
en la
vida
adulta
estos
pacientes
y la
mayoría
de los
síntomas
relacionados
con
dicha
patología,
especialmente
los
relacionados
con el
área de
los
sentimientos.
Kernberg
(25)
señala
que
cuando
un niño
es
maltratado
por
aquellas
personas
que se
supone
deben
promulgarle
cuidados
y
otorgarle
seguridad,
el
resultado,
es una
gran
confusión
a cerca
de
dichas
figuras,
que se
trasladará,
hacia la
percepción
de las
propias
habilidades
y
juicios
de
identidad,
quedando
ambos
seriamente
comprometidos.
|

|
Weaver y
Clum
(26)
desarrollaron
una
investigación
para
intentar
verificar
su
hipótesis
de
partida,
en la
que
esperaban
comprobar,
que las
personas
que
habían
recibido
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
habían
sido
víctimas
de un
mayor
número
de
eventos
traumáticos
infantiles,
y se
habían
desarrollado
en un
ambiente
familiar
caracterizado
por
menor
cohesividad
y
expresividad
y mayor
conflictividad.
Tomaron
como
muestra
un total
de 36
sujetos,
todas
mujeres,
que
dividieron
en dos
grupos;
17
recibieron
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
mientras
que los
19
restantes
formaban
parte
del
grupo
control.
Las
personas
de ambos
grupos
habían
sido
víctimas
de
traumas
infantiles.
Los
resultados
obtenidos
confirman
la
hipótesis
de
partida,
y
además,
son
coherentes
con
otras
investigaciones
en las
que se
ha
encontrado,
que el
ambiente
familiar
de
sujetos
que
recibían
el
diagnosticado
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
se
caracterizaba
por, la
presencia
de unas
figuras
paternas
disfuncionales
en
cuanto
al
cuidado,
unido a
la
presencia
de
abusos
sexuales
o
físicos
repetidos
(26).
Otros
autores,
que
serán
citados
a
continuación,
plantean
la
hipótesis
de que
los
sujetos
que
reciben
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
han sido
víctimas
de
diversos
tipos de
traumas
de
manera
repetida
y
simultánea
a lo
largo
del
desarrollo
evolutivo.
Wilkins
y
colaboradores
(25)
llevaron
a cabo
una
investigación
en la
que
trabajaron
con 16
mujeres
que
habían
recibido
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad
y que
además
habían
sido
víctimas
de algún
tipo de
experiencia
traumática
a lo
largo de
la
infancia.
Los
resultados
obtenidos
indicaban,
que
todas
las
pacientes
habían
sido
víctimas
de una
combinación
de
abusos
infantiles,
de tipo
sexual,
emocional
y
negligencia.
11
mujeres
habían
sido
criadas
en
familias
de
acogida,
pero aun
así,
afirmaron
haber
crecido
dentro
de
ambientes
familiares
inestables
en los
que
participaban
frecuentemente
los
servicios
sociales.
De
éstas,
cinco
habían
sido
víctimas
de
abusos
sexuales
perpetrados
por los
padres
de la
familia
de
acogida.
Es
importante
tener en
cuenta
que en
estas
pacientes,
a las
experiencias
traumáticas
vividas
durante
la
infancia,
se unen
factores
patogénicos
relacionados
con el
ambiente
familiar,
ya que
los
cuidadores
o
estaban
ausentes
o fueron
negligentes
y
crueles.
Dentro
de la
misma
línea,
Westen y
colaboradores
(7) en
su
investigación,
trabajaron
con dos
grupos
de
mujeres
adolescentes,
el total
de la
muestra
lo
conformaban
50
sujetos,
27 de
ellas
habían
recibido
el
diagnóstico
de
trastorno
límite
de la
personalidad
y las 23
restantes,
recibieron
otros
diagnósticos
diferentes.
Pretendían
investigar
la
relación
existente
entre
diferentes
tipos de
traumas
infantiles
y las
patologías
estudiadas.
Se
encontraron
diferencias
significativas
entre el
grupo de
pacientes
con
trastorno
límite
de
personalidad
y el
otro
grupo,
siendo
mayores
los
porcentajes
de
experiencias
traumáticas
para el
grupo de
personas
diagnosticadas
de un
trastorno
límite
de la
personalidad.
Un 37%
de
personas
con
dicho
diagnóstico
habían
sufrido
abandono
de los
padres,
frente a
un 13%
del otro
grupo.
Un 44,4%
habían
sufrido
negligencia
en el
cuidado
44,4%
(frente
a un
17,4% de
las
personas
del otro
grupo).
Un 51,9%
habían
sido
víctimas
de
abusos
físicos
(en
comparación
con
26,1% en
el otro
grupo).
Y un 52%
habían
sufrido
abusos
sexuales
(19% en
el grupo
de
personas
sin
diagnóstico
de
trastorno
límite).
|
|
|
|
|
|
Traumas
infantiles
y
relación
con los
trastornos
de
estrés
postraumático
y
personalidad
límite
En las
últimas
décadas,
diferentes
profesionales,
como
Hodges
(1) han
señalado,
la
existencia
de
coincidencias
e
incluso
solapamientos,
en los
criterios
diagnósticos
del
trastorno
límite
de la
personalidad
y el
trastorno
por
estrés
postraumático.
Ya se
han
señalado
previamente
los
diferentes
puntos
de vista
con
respecto
a la
existencia
o no del
trastorno
límite
de la
personalidad,
habiendo
autores
que han
llegado
a negar
su
existencia
o han
criticado
la
amplitud
de
criterios
para ser
incluidos
en ese
diagnóstico
(1).
Por otra
parte,
la
revisión
de la
definición
de
trauma,
en la
cuarta
edición
del
Manual
diagnóstico
y
estadístico
de los
trastornos
mentales,
según
algunos
autores
(1), ha
abierto
la
posibilidad
de
considerar
eventos
traumáticos,
como una
historia
de
abusos
sexuales
crónicos
durante
la
infancia,
como
desencadenantes
del
trastorno
de
estrés
postraumático.
Kroll
(1)
indica
que la
reescritura
de los
criterios
de los
trastornos
de
estrés
postraumático
y el de
la
personalidad
límite,
ha
generado
grandes
dificultades,
para ver
ambas
categorías
como
algo
separado
e
independiente.
Por
ejemplo,
Zanarini
y
colaboradores
(27)
encontraron
que en
un 56%
de los
casos de
personas
que
recibían
el
diagnostico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
también,
se
cumplían
los
criterios
parea el
diagnóstico
del
trastorno
de
estrés
postraumático
crónico.
Algunos
autores
(1)
indican
que
estos
trastornos
se
asemejan
también,
en el
hecho de
que
frecuentemente
se
diagnostican
comorbidamente,
con
trastornos
del
estado
de ánimo
y de
ansiedad
y que la
prevalencia
es
superior
en
mujeres
que en
hombres.
Lo que
parece
claro es
que
existen
diferentes
puntos
de vista
acerca
de las
relaciones
existentes
entre el
trastorno
límite
de la
personalidad
y
trastorno
por
estrés
postraumático.
Gunderson
y Sabo
(3),
afirman
que el
origen
del
trastorno
de la
personalidad
límite
está
relacionado
con una
infancia
caracterizada
por la
presencia
prolongada
y
repetida
de
abusos.
Esta
situación
tendría
como
consecuencia,
el
desarrollo
de una
personalidad
desestructurada
y más
vulnerable
al
desarrollo
futuro
de
síntomas
de
estrés
postraumático,
debido a
la
acumulación
de
factores
estresantes.
Desde
esta
perspectiva,
se hace
hincapié,
en el
hecho de
situar
dentro
de un
espectro
continuo,
factores
como la
severidad
de los
estímulos
estresores,
experiencias
y
expresiones
de los
síntomas.
Parece
ser que
la
severidad
de los
factores
estresantes,
podrían
llegar a
predecir,
la
clase,
severidad
y
persistencia
de la
propia
sintomatología
(1).
Autores
como
Zimmerman
y Mattia
(1),
plantean
la
posibilidad
de la
inexistencia
de la
categoría
diagnóstica
“trastorno
límite
de la
personalidad”,
indicando
que,
éste es
un
diagnóstico
equivocado,
que se
aplica a
aquellas
personas,
que
padecen
un
trastorno
de
estrés
postraumático
crónico,
cuyas
características
han
pasado a
integrarse
dentro
de la
personalidad
del
sujeto.
En la
misma
línea se
plantea
que los
sujetos
que han
sido
víctimas
de
abusos
sexuales
durante
la
infancia,
desarrollan
una
cadena
de
trastornos
psicológicos
que se
inician
en la
infancia
y
perduran
a lo
largo de
la vida
adulta;
de tal
forma
que si
estos
niños
desarrollan
un
trastorno
de
estrés
postraumático,
éste
puede
persistir
a lo
largo de
la vida
adulta
(4).
|

|
Las
investigaciones
acerca
de la
elevada
prevalencia
de
eventos
traumáticos
durante
la
infancia
y la
adolescencia,
en los
sujetos
con
trastorno
límite
de la
personalidad
y la
coincidencia
en la
propia
sintomatología
con el
trastorno
de
estrés
postraumático,
ha dado
pie, a
que
muchos
autores
se
plantearan
la
hipótesis,
de que
el
trastorno
límite
de la
personalidad
podría
constituir
una
variante,
dentro
del
espectro
del
trastorno
de
estrés
postraumático.
Algunos
autores
como,
Zanarini
y
colaboradores
(27),
han
constatado
que los
índices
del
trastorno
de
estrés
postraumático
en
pacientes
con
trastorno
límite
de la
personalidad,
varían
entre un
26 y
52%.
Estos
resultados
podrían
indicar
que este
trastorno
de la
personalidad,
puede
constituir
una
variante
del
trastorno
de
estrés
postraumático.
Los
índices
más
elevados
de
trastorno
de
estrés
postraumático,
en los
sujetos
con
trastorno
límite
de la
personalidad,
podrían
reflejar
una
mayor
vulnerabilidad
a los
efectos
psicológicos
del
estrés
generado
por los
acontecimientos
traumáticos
previos
y una
menor
capacidad
de
adaptación
o
recuperación
de los
mismos
(2).
Como
estudio
empírico
que ha
tratado
de
buscar
una
mayor
claridad
en esta
cuestión
hay que
señalar
el de
Golier y
colaboradores
(2), que
llevaron
a cabo
una
investigación,
en la
que
pretendían
examinar
la
relación
existente
entre el
trastorno
límite
de la
personalidad
y el
trastorno
por
estrés
postraumático.
Para
ello se
tuvieron
en
cuenta
diferentes
variables
tales
como el
tipo de
eventos
traumáticos
y su
momento
de
aparición.
La
muestra
sobre la
que se
llevó a
cabo la
investigación,
se
compuso
de un
total de
180
personas
(117
hombres
y 63
mujeres),
diagnosticados
de al
menos un
trastorno
de la
personalidad.
Los
resultados
obtenidos
muestran
que los
abusos
sexuales
no
guardan
una
relación
exclusiva,
con el
trastorno
límite
de la
personalidad,
ya que
se han
constatado
en otros
trastornos
de
personalidad.
Tampoco
pudo
afirmarse,
que los
sujetos
que han
recibido
el
diagnostico
de
trastorno
límite
de la
personalidad,
presentan
una
mayor
probabilidad
de
sufrir
eventos
traumáticos
a lo
largo de
la vida
adulta.
La
prevalencia
del
trastorno
de
estrés
postraumático
comórbido
al
trastorno
de
personalidad
fue
mayor
para los
sujetos
que
recibieron
el
diagnóstico
de
trastorno
de
personalidad
paranoide.
En base
a estos
resultados
se
podría
afirmar
que los
datos
obtenidos,
no son
lo
suficientemente
concluyentes
como
para
poder
considerar
que el
trastorno
límite
de la
personalidad
es un
trastorno
clasificable,
dentro
del
espectro
de los
trastornos
de
estrés
postraumático.
|

|
Conclusión
En base
a la
literatura
revisada,
se
podría
deducir,
en
relación
con los
objetivos
planteados
inicialmente
lo
siguiente:
1)
Parece
haber
relación
entre el
haber
vivido
una
historia
de
traumas
en la
infancia
y en la
adolescencia
y el
desarrollo
de
trastorno
límite
de la
personalidad
en la
vida
adulta.
2) Se
dan
importantes
dificultades
diagnósticas,
cuando
hay
antecedentes
de
traumas
persistentes
en la
infancia
y en la
adolescencia,
para
establecer
un
diagnóstico
diferencial
entre el
trastorno
límite
de la
personalidad
y el
trastorno
por
estrés
postraumático
crónico,
aunque
esto no
sucede
en todos
los
casos.
De ambas
conclusiones
podríamos
deducir
la
necesidad
de
profundizar
más en
la
definición
de los
conceptos
y en la
investigación,
sobre
estos
temas
para
tratar
de
alcanzar
una
mayor
claridad
en el
diagnóstico,
de cara
a
encontrar
el
tratamiento
más
adecuado
para los
pacientes
que
hayan
sufrido
episodios
traumáticos
en la
infancia.
|

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